Viajeros

Hace tanto tiempo emprendí mi último viaje
que ya no es mucho lo que recuerdo de aquél
pero lo que tengo guardado en mi memoria
al escribirlo fácil se asoma en mi piel,

Y me hace acordar de cuando estábamos en ese
nuestro pequeño cuarto, amontonados los cinco,
de lo más pequeño que puedas imaginar,
y disfrutábamos como pocas veces en
la vida se disfrutan algunos momentos.

Recuerdo como el sol entraba por la ventana
inundando cada mañana entero al cuarto,
como la miel que se desborda de su envase,
y nos endulzaba a todos hasta la médula.

Que sin importar el horario ni el temario,
por sus curvas abrazamos a las guitarras
y cantábamos hasta el amanecer nuestras
canciones, como lobos que aullaban a su luna.

Después de pasar todo el día junto al mar
como náufragos perdidos de la ciudad.
Y en más de una ocasión caminando por las
calles, entre la música andábamos, que,
como si fueran sirenas nos conquistaban.

Bicho de ciudad

Empapado por el agua del plata
cual bicho pegajoso y atado a su origen,
.
ese soy yo.
 .
El que vuelve la vista
cuando se aleja un poco
de la ciudad que lo ataña,
que lo pintó de su
color a citadino.
 .
Y aunque vuele a los parques,
a los valles que están
más allá de la
frontera autopista.
 .
No puedo evitar
dejar de pensar
en el amor que
tira de mí
aferrado a
mi corazón.

La última vez

La crucé una vez. La volví a ver. La saludé tranquilamente. Ella me abrazó, por un tiempo. Pero yo alargué el momento, apoyándole todo mi cuerpo de frente. Y volví a sentir en ese momento como ella todavía lograba irrigar aún sangre hacia mi pene. Y me alegró notarlo, no me separé en el abrazo, y ella sintió mi erección.
—Eeehh, ¿qué pasó?
—Es culpa tuya por abrazarme.
Había salido de su casa y no sé dónde estaba su pareja. Miré para los costados y le dije que tendría cuidado por si aparecía su actual novio. Hablamos un rato más y algo en ella me insinuaba que quería no solo sentir mi erección, sino también que la penetre con mi carne, penetrar en su carne, ella quería saltar sobre mi erección. No fue explícita, pero nuestros cuerpos se entendían muy bien. Nos fuimos caminando unas cuadras y casi por instinto nos dirigimos a un telo —instinto, y yo que la llevaba de la muñeca—. Nos alquilamos una habitación. Hicimos el amor como no la hacía hace mucho tiempo. Volví a tener para mí su cuerpo de carne blanca, su hermoso cuerpo, sus largas piernas, su jugoso, tierno y rico durazno. Hicimos el amor como dos amantes furtivos. Nos revolcamos entre las sábanas. Yo venía deseándola de hace tiempo, ya inconscientemente. Y ella también, tal vez no tanto como yo, pero el deseo seguía en su interior, en algún lugar. Su cuerpo desnudo en el colchón, su pelo desordenado sobre su cuerpo, sus pechos juguetones y su piel blanca. Con su olor, su propio olor. No dejé de besarla, no dejamos de hacer el amor. Hasta dormimos abrazados un rato. Volvió a ponerme su trasero sobre mi miembro flácido por el acto, como lo hacía en otro tiempo. Ese enorme y lindo trasero, esas caderas anchas en las que me prendía como garrapata.
Después de ese festín, salimos y tan solo nos despedimos. No sé si nos volveremos a ver.

Torre Eiffel en pelotas

Una buena noche estaba cenando afuera. En la casa de una pareja amiga. Eramos ellos dos, la chica con la que salía en ese entonces, y yo. En realidad, ellas dos eran amigas de hace tiempo, de antes de conocernos.
Recuerdo que la amiga de mi entonces novia —la cual era muy linda, sin desmerecer— me calentaba. Era una rubia alta, ojos azules, se entrenaba, por lo cual me calentaba aún más, y usaba anteojos de «nerd». Su simpatía sumaba bastante al morbo. Mi chica era muy similar pero no tan linda. O mejor dicho, linda a su manera. Pero hombre, me encantaba hacerle el amor. Fueron las mejores cojidas que tuve.

Omar se había llegado a encariñar conmigo, claro, su novia también. Omar me llevó a su cava personal. Me dijo que elijiera el que quiera. Elegí el más exótico. Buena elección.
—Buena elección —dijo Omar.
Entre copa y copa la noche avanzó. Los platos también. Este tipo también sabía cocinar muy bien. Si fuera por ella, según él, morirían de hambre. Habíamos comido muy bien. Y bebido aún mejor. Por lo menos yo. Me gusta beber. Y tengo buena resistencia. Tantas salidas en otros tiempos me habían dejado algo útil.

Nunca me podía resistir, siempre que salíamos, a rozar mis dedos sobre la flor de mi ex-chica, sobre el pantalón, furtivamente. Me divertía incomodarla. Y verla reír con picardía. Y cuando estaba Clara, no podía evitar mirarle los senos. O el trasero cuando se iba. Y esa noche no era la excepción. Tenía en los dedos la vagina que quería y en los ojos el trasero que deseaba. Pero quería agarrarlo también. Masajear de a poco esos dos glúteos como dos globos de carne hinchados. Hincarle un poco los dientes para sentir cómo sabían. Qué rica criatura.

Siempre imaginé que no estaba con Omar sólo por el dinero. Se la veía muy jocosa. Estaba bien cojida. Una mujer que tiene buen humor y ríe siempre, es porque alguien se la está clavando como a ella le gusta. Y Omar tenía unos diez años más que yo, y mucho más en forma que yo. Me imaginaba que se la debía garchar como un caballo. Un puto semental. Con el pene que acompaña a tal espécimen.

Yo tengo un pene normal, pero sí que sé cómo usarlo. Lo conozco bien. Hasta hacemos acrobacias; como el helicóptero, o la hamburguesa, el compromiso carnal, o la infame torre Eiffel. Mis chicas siempre la había llegado a conocer. Y misteriosamente esa noche, entre risas y miradas cómplices de las mujeres, Clara dijo.
—Cómo me gustaría ir a París. Ver la torre Eiffel en persona.
Ella y mi chica rieron cómplices. Aunque Clara estaba colorada, y no por vergüenza. Ni tampoco eran risas burlonas. Sino más bien pícaras, casi desafiantes. Eso y el vino. Después de mirar amistosamente a mi chica, le dije:
—¿Ah, sí?
Espiándole los labios.
—Me gustaría.
—Bueno, yo no te puedo llevar a París, pero te puedo traer la torre Eiffel.
Qué lindas. Se reían.
—Creo que ya sabe sobre la torre Eiffel, ¿verdad? —le dije a mi chica.
—Sí —se reía.
—Omar, ¿te molestaría que saque mi pene enfrente de tu mujer?
—Uhm… no. Después saco la mía y vemos quién la tiene más grande.
—Ok.
Más risas de fondo. Además de lo hilarante de la situación, ella estaba ansiosa por verlo. Clara no lo conocía, y mi chica simplemente me idolatraba.

Ya me había parado.
—Bueno.
Me pongo de espaldas. Saco mi pene, abriendo bien la bragueta para no pellizcar a los mellizos. Manipulo mi pene con ambas manos. No estoy circuncidado. Agarro la piel que sobra por los extremos, y la estiro hacia abajo. Y eso hace la magia. La torre Eiffel más fálica.
—Clara: La torre Eiffel.
Me giro.
Se queda con la boca abierta un segundo. No creía que lo fuera a hacer —aunque quería que lo hiciera. Luego se vuelven a reír. Tapándose los ojos, luego la boca. Les encantaba.
—Esta es la torre Eiffel. Te podés sacar una foto si querés. Y podés poner una mano así abajo, como la gente en París que simula sostenerla. Así.
Mi chica se puso algo celosa.
—Bueno, vamos a ver quién la tiene más grande —dijo Omar.
Y sacó su pene. Eramos dos hombres con sus penes al aire, y dos mujeres riendo, ni dejaron de mirar, con las piernas inquietas. Ciertamente, la tenía más grande que yo.
—Bueno, es más grande —le dije.
—Seh.
—Ya que estamos nosotros con nuestros penes afuera, ustedes podrían pelar las tetas y comparamos los pezones.
En tamaño mi chica perdía hasta conmigo. Jocosamente se negaban, mientras bebían el vino. Quería ver esos senos desconocidos. Y quería sentirlos.
—Dale che, muestren un poco, no sean viejas vinagre. Ya somos grandes… hasta podríamos tener sexo grupal.
Ay, pero qué pavadas Luciano.
Dijo mi chica mirando para otro lado.
Omar no decía nada, estaba casi tan loco como yo, y llevaba mucho más tiempo con la misma mujer. Clara se reía.
—Bueno, solo digo, que si tuviéramos que compartir parejas, sí lo haría con ellos. Además, Omar parece que lo hace como un caballo —se ríe.
—¿Estás hablando en serio? —pregunta mi chica. La miro serio, pero juguetón.
—No… Bueno, en realidad sí… No… —juguetón.
La noche siguió, volvió a tomar su tinte previo. Descorchamos otro vino. Comimos helado. Casi a las cinco nos fuimos.

Estando en la cama, mi chica quería hacer el amor. Estaba caliente. Ni la más mínima gota de sueño. Yo quería dormir, y hacerlo por la mañana.
—Lucho, hagamos el amor.
—Mañana, estoy cansado muñeca.
Insiste.
—Bueno está bien —siempre tuve el sí fácil para cojerla—, pero vas a tener que chupármela porque estoy cansado.
—No dejá, yo también estoy un poco cansada.
Se volteó. Y yo ya me había calentado.
—Vení acá —le digo—, ahora te voy a agarrar yo.
La puse boca arriba y bajé. Me abrió sus piernas como ella lo hacía. Empecé a besar sus labios. Me agarraba de los pelos. Tuvimos sexo como animales. Acabamos y dormimos cuchareando.

464

464, el bondi que tomo.
Estuvo casi toda mi vida.
Pero recién me doy cuenta.
Es como un gran descubrimiento hermoso.

A veces viene rápido.
Otras tarda una real eternidad.
A veces me he quedado dormido
muy cómodamente
en sus alcolchonados asientos
de cuerina negra.
Otras se me ha congelado
el culo en los duros
nuevos asientos
de frío plástico,
por lo menos
en invierno.
Que era mucho más
preferible a viajar
con cientos de extraños,
sudorosos y pegajosos,
todos apretados
en verano.

Pero siempre estuvo ahí
Y hoy lo vi.

464.

Todavía con suerte

Estaba volviendo en el subte. Después de un largo día, era viernes, por lo que estaba de mejor humor que el resto de la semana. Ya se sabe, la fantasía del fin de semana que tiene el trabajador de lunes a viernes, cuando llega el viernes.
La cuestión es que ese día tendría que haber estado genial, pero me cargaron en el trabajo a último momento. Y cuando quisieron tocarme las pelotas los encargados (que eran mujeres) me les planteé y les contesté del mismo modo que quisieron prepotearme.
—¡Dale Luu, tenemos que terminar esto para la seis! —con una voz estridente horrible. Eran las seis menos cinco. Y todavía quedaban tres columnas de papeles.
—¡NO! ¡Eso no va así, ponelos bien!
Dijo la otra, que era vieja. Eran la seis y veinte, y yo me tendría que haber ido a la seis.
—Ya terminé la mitad, Adriana.
Le dije a la primera.
—Te perdono, estás disculpada.
Me sacó fuckyou.
—Tampoco están tan mal… ¡Y QUÉ LE VA A IMPORTAR A LA GENTE COMO ESTÁN!
Le dije a la vieja. Bla bla bla.
—¿Te gusta así? Bueno tomá, guardalos como quieras VOS. Ah pará, falta acomodar una puntita.
Salimos seis y media, carajo. Si me despedían al volver, les iba a dejar bien en claro cuál era mi estima sobre ellos.

Cómo a mí no me rompen las pelotas la boludeces sin importancia de la vida, me fui hasta el subte con una media sonrisa. Pensando en lo amargados y consumidos por su trabajo que están, y en las cervezas que iba tomar al llegar a mi casa. Además tenía cigarrillos. No podía pedir más. Tal vez una linda cintura con largas piernas que se ría con mis historias. En fin, encendí un cigarrillo y seguí caminando a la boca del subte. A que me tragara la tierra por unos minutos.

Llego a la estación y llega el subte, semivacío. Claro que sí, la suerte seguía de mi lado. Además había un tipo tocando la guitarra, iba a ser un breve y ameno viaje. Y la cerveza me esperaba en la heladera .
Me puse a prestarle atención al tipo. Estaba de musculosa, con gorra de béisbol, guitarra acústica y lleno de tatuajes. Cantando algo de Creedence. Con una voz similar a la de Robert Plant, rota, pero esta era grave. Lo escuché con oído crítico, dándole puntos por animarse a hacerlo. Yo nunca me animé.
La cuestión es que no había forma, era malísimo. Pero el tipo se animaba. Seguro debe coger más que yo, pensé. Cuando terminó y habló, me hizo reír la diferencia de su voz hablada. Era mucho más fina que con la que cantaba. Después empezó a tocar «Under the bridge».
Antes que el ruido de chillido-revienta-tímpanos del subte, el tipo me amenizó el viaje con su música. Voy a darle algo, no iba a dejar de darle porque lo hiciera mal, o no tan bien técnicamente, o expresivamente, pero el tipo estaba ahí. No darle por esto me recordó a esa gente que no deja propina si la mesera los atendió mal. ¿Qué se creen? ¿Que le están dando una lección no dejándole propina? ¿Que le van a cambiar la vida, pelotudos?
Me fui hasta la otra puerta para dejarle un billete de 5 pesos. Había gente delante de mí, también bajaban.
Frena el subte, se bajan todos, aún quedaba tiempo. Le iba a dejar el billete y bajar, pan comido, tampoco eran cien metros con vallas. Dejo el billete, levanto la cabeza y giro para salir, estaba a un paso de salir del subte, cuando las puertas se me cierran en la cara. Me peinaron las cejas. Quedé adentro.
El músico me pide disculpas mientras cantaba no sé qué.
—No hay problema.
.
Yo había ido voluntariamente hasta él, no era su culpa. Tal vez era culpa de un conductor distraído, o quemado por la rutina. Y entonces noto que esta criatura detrás mío, con vestido floreado, piel canela, como de un metro setenta, piernas largas, teñida de rubio —un buen trabajo, no ese pelo de paja áspero—, también se había quedado encerrada, también le había dejado un billete al artista.
—¿Parece que no les debe gustar mucho el arte, no?, ¿no te parece?
Le dije.
—Se vé que no.
—¿Vos también te bajabas en Palermo?
—Sí, pero cerraron muy rápido.
—Seh. Yo también bajaba ahí, ya tenemos algo en común. ¿Soy Luciano, y vos?
—Julieta.
—Choque cinco Julieta. Primer coincidencia.
Sí, hasta dije algo muy simple, pero me había tomado por sorpresa, y de algo tenía que hablar.
Ella también venía del trabajo. Pero no se le notaba —tanto—, estaba bien. Seguimos hablando hasta la próxima estación. ¿Por qué será que las mujeres siempre llevan su cartera inflada, llena de cosas, y encima las manos atareadas con bolsas, llenas de cosas? Yo tenía solo mi saco. Y lo tenía puesto. El músico me volvió a pedir disculpas con un gesto mientras seguía tocando.
.
—Tendríamos que salir a tomar algo. Ahora. Cuando bajemos. ¿Qué hacés ahora?
Le dije.
—No. No puedo, tengo que llegar a mi casa, es un desorden. No hago nada, pero tengo que ordenar todo.
—Dale vamos a tomar algo. Un trago nada más  El desorden te va a seguir esperando.
—Sí, pero… no puedo.
—Hagamos una cosa: yo le digo que me deje tocar una canción, me escuchás y volvemos. Después de todo me lo debe por haberme quedado arriba por colaborar a su causa de artista bohemio.
Se ríe.
—Dejate de joder, ¿en serio te animás?
—¿Por qué no? —y con ustedes, ¡la llave a las aventuras!
—Me muero, no me quiero perder esto.
—Ahora se lo pido.
Justo terminaba de cantar. Entonces le pregunté si me dejaba tocar un tema. A lo que con buena onda accedió. Me pasó la guitarra. Me la colgué con la correa. La toqué un poco para calentar unos segundos, chequear la afinación, calentar un poco la gola, y empecé.
.
—Hola, soy Lautaro. «Costumbres argentinas».
.
Y comencé a tocar. Los primeros versos estaba un poco duro, como quien dice: cagado hasta las patas. Luego me concentré en la música y me dejé llevar. También pensaba en si ella se iba a levantar e irse o qué. Pero para mi sorpresa se quedaba. Me miraba y se ría, creo que todavía no caía, o tal vez me veía algo ridículo. No importaba, ella se estaba entreteniendo. Era divertido. Yo me divertí, y por lo visto la gente también. Me aplaudieron más efusivamente que al artista. Tampoco es que sea tan bueno, pero me quedaba bien esa canción.
.
El tema es que ella se quedó. Eso me metió pilas. Al final nos bajamos juntos unas cuentas estaciones después. El artista me agradeció por la buena onda y me propuso armar una banda. Pero parecía tener mucha actitud, y el asunto es que yo también soy así. Me tengo confianza. Por eso le dije:
—En la selva sólo puede haber un solo rey, ¿estás seguro?
De todas maneras me dio su número. Nunca lo llamé.
.
Me bajé con Julieta. Ella estaba nerviosa, yo lo notaba. Yo también, pero estaba acostumbrado a conocer mujeres de la nada, por lo que sabía —creo— cómo llevar la interacción.
Mientras hablamos llegamos a un bar. Nos metimos a tomar ese trago. Que luego fueron dos, y luego tres para mí. Seguimos conversando, riendo cada tanto, encontrando esas coincidencias zonzas como los signos y demás, cada tanto algún silencio. Me gusta jugar con los silencios. Me gusta mirarlas y quedarme en silencio. Tratar de hablar con sin palabras, con la mirada. No te sorprendas si alguna vez estamos hablando y de repente empiezo a hacer alguna mirada —”acero azul”. Me gusta verlas incómodas y escucharlas decir:
—¿Qué?
Con esa sonrisita incómoda, sabiendo que estamos jugando al gato y al ratón. Me gusta verlas. Claro, no todas reaccionan igual, pero son igual de divertidas.
Le propuse ir a otro lugar, a jugar al pool tal vez, o dardos. Por lo que seguimos en otro lugar, desafiando nuestras destrezas.
.
Luego de un rato nos fuimos. Encendí un cigarrillo. Le dije si quería uno, pero no  lo aceptó. Me contó que tenía una gran colección de CDs de música pop —no podía ser perfecta—, y con esa excusa me invitó a su casa.
Cuando llegamos a su casa, me sorprendió ver el supuesto desorden. O yo estaba acostumbrado al desorden, o ella era muy neurótica. Llegué a la conclusión de que era un poco de ambas. Me senté en un sillón, y me relajé, encendí un pucho. Volvió de la cocina con dos copas de la más lindas, y bebimos un malbec suave. No hacía falta más picante.
Se puso a hablar un rato. Tomaba un sorbo, y hablaba un poco más, y otro sorbo. Y sus labios se empezaron a teñir de violeta . Y yo no entendía lo que me decía. Estaba inmerso en esos labios y dientes manchados de vino tinto. Y sin darme cuenta estábamos tan, tan cerca que sentía el vapor de su aliento, el vaho del vino perfumando la distancia. No sé, pero también sus mejillas se pintaron del violeta de las uvas. Y ya no bebimos más de las copas. Nos empezamos a beber boca a boca. Con una soltura exquisita, como el arrojo de dos adolescentes calientes. La agarre de la nuca, metí mis pervertidas manos por su limpio y cuidado pelo. Sentí el perfume y la sal de su cuello. Y cuando la desnudé, su piel brillaba morena. Como un imán sexual, o una bomba a punto de estallar. Tuve que tirarme encima para contener esa explosión entre mis brazos. Y antes de bajarle los pantalones, la recorrí entera, la contemplé hipnotizado por su brillo. Dudé de que fuera radiactiva. Esa piel me estaba enloqueciendo. En su vientre vi la llanura de una playa con arena morena, sentí esa frescura del viento veraniego de la costa. Y solo la besé. La besé tiernamente hasta llegar a su orilla. Me zambullí en su agua de mar. Al verla como se sacudía como las olas, como temblaba, no quería hacer otra cosa que encallar con mi ancla en sus profundidades. Me saqué la ropa como si ésta estuviera prendida fuego. Tal vez era yo el que estaba ardiendo. Desnudos los dos, la abracé fuertemente. Ella agarró con firmeza, y sola le indicó el camino. bombeé y bombeé, y ella se contorneaba como un pez, como una sirena. Que por suerte no era, porque, ¿en dónde carajo tendría la vagina si fuera mitad pez? Y así tuvimos sexo sobre su sillón, ella se vino un poco después que yo. Quedamos desnudos en medio del desorden. Que ahora también tenia un pesado olor a sexo. Ese fue el mejor sexo que tuve. Para terminar los dos tirados sobre el sillón, con su cabeza en mi pecho.
Nos quedamos como estábamos, bebiendo más vino. Después ella se levantó, se volvió a poner su bombacha de fin de semana y fue a la cocina por sus cigarrillos. Se sentó a mi lado, y nos pusimos a fumar. Después de unos minutos de charla, volvimos a coger.
Me ofreció pasar la noche con ella. Lo cual me pareció una idea genial, pero no me sentía tan cómodo como para quedarme la noche entera. Por lo que le prometí quedarme en otra ocasión. Estuvo de acuerdo. Tomé mis cosas, bueno, sólo me volví a vestir. Nos dimos un apasionado beso y me fui.
.
Era tarde, pero llegué a agarrar el último tren. Me volví fumando, tranquilo. La había pasado muy bien en su compañía. Y de repente me reí. Empecé a reírme solo. Primero fue una tímida risa. Luego comenzó a crecer hasta ser una carcajada. Ya lloraba de la risa. No podía dejar de pensar en una idea que me había estado dando vueltas en la tarde. Y es que pasó todo el día. Y todavía seguía con suerte.